se escabia de luz verde
celeste,
irreal, en tanto lo
atravesás, no sé hacia qué
aventuras,
en un zigzag entre
puentes de fierro y
edificios ralos.
Una música dodecafónica
acompaña lo que debiera
ser
un viaje entre abedules
hacia el mar, no el mar
azul, ya sé,
no mare nostrum: mar
gris, verde gris, petróleo,
amasijándose contra los
acantilados porosos.
Pero no son abedules. El
tren colea al entrar a una
estación.
Òxido. Troncos
brutalmente hachados y
apilados. Vegetación. Abedules no
son, pero inseminan de
copos
el pasto helado. Son
árboles de este principio
pampeano,
el cual señala: aquí el
invierno huele a ejército
de mampostería.
Hasta en la cruz de los
galpones hay algo de
barroco eclesial.
No diría que hay un ángel
de yeso, no, sino más bien
su espectro,
de luz inflada. Diríamos,
un ángel de vidrio de
damajuana.
Oh qué siesta allí, qué
tremenda. El despertar de
la siesta
entre gordas gotas de
lluvia y luces sesgadas de
estilo medieval. Campanas
también, y allá lagunas,
ojos de agua
o qué. El tren arranca con
un cólico. Al mar, al mar.
Te acoge
la ciudad veraniega en su
invierno tenaz,
iridiscente.
Encerrado en un bar,
rodeado de escalofrío y
temporal,
a un lado la ciudad vacía,
al otro el abierto vacío del
mar,
penabas, escribías,
discurrías, suplicabas el
irrevelable secreto de los elementos.
De una vez entendelo:
elementos.
Joder con Dios, con la
patria, con la respiración
animal
de la pampa y el ojo, en la
tormenta, del Leviatán.
Jorge Aulicino
ph by Diario La Nación
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